10 septiembre, 2016

I


The-Companion_Maria-Tiurina_08
Maria-Tiurina




Cambiar la silla de lugar podría

sería una buena estrategia,
aunque la silla ya está vieja
es la misma desde hace décadas
debería conocerme bien,
pero las sillas no tienen conciencia
ni personalizadas en un pobre
relato-poema
y es una pena, la verdad,
las sillas deberían conocer y hablar.

Es curioso el matiz de las estrategias
de esos intentos por apaciguarse
la propia corriente interna/alterna
que se hace eterna con la necesidad
de ser/mejor/si es posible

y sin perder el honor que aún nos queda.

Hay quien sueña con cambiar los colores de la arena
quien vio brillar pedacitos de cristal como estrellas
una noche hermosa de infancia serena.
Hay quien quiere que el mundo recobre la belleza.

Yo quisiera describir esa belleza
como lo hacen mis admirados
poetas
con sus símbolos/cadencias
y esa mecha que encienden
en los que tienen conciencia,
pero es escurridiza esa belleza
está escondida por ahí
en algún lugar de la tierra

entre las patas de una silla vieja

en los deseos inconscientes de un matiz

o en los blancos bigotes perfectos
de mi gato con traje de frac
(un macho alfa para más señas)
que me muerde cariñoso a su manera
y me viste a rayas la piel.

He comprado partículas de tiempo
en el bazar de la esquina
estaban colocadas, justo al lado
de la mercromina
en la zona del bricolaje
(y también había sillas)

he de desmontar una mentira
que se ha hecho vida.

Empezaría por cambiar la silla de lugar,
aunque, aún no sé si dejarla ahí.