23 enero, 2013

La llamada

 
 
 
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Una noche más volvía hacia su descanso solitario porque solitaria era su autoinmunidad. Una noche más había rechazado el encanto y apasionado fervor de los labios que siempre desean más. Una vez más, cuando por fin cerraba la puerta, se quitaba el calzado y cualquier resto de convencionalismos necesarios para vivir en sociedad.

    No había espejos en aquel, su maravilloso espacio, decorado con esmero y ordenado en líneas rectas como su personalidad. Los cristales de las ventanas estaban tapados con dibujos de colores que las inocentes mentes de niños "los añorados" habían puesto en sus manos y coleccionaba. Sobre la cama el portátil que lo acompañaba a todas partes encargándose de su vida. Colgada en la percha una camisa blanca preparada siempre para lo necesario, ni pasado ni presente, su única realidad.

     Una vez más se despertaba abriendo un único ojo primero, por si podía mantenerse a caballo entre su mundo soñado y el de los sueños dibujados a su alrededor. Y antes de cerrar la puerta con su camisa de sal, una vez más, esbozaba una sonrisa de complicidad y dirigiéndose rápido por las calles madrugadoras, miraba desafiante el resto de miradas.

   Esa mañana, al llegar a su trabajo y  mientras se ponía una bata, el teléfono sonó; un vuelco en el estómago sintió al imaginar que otro de los suyos podría faltar.

─¡Buenos días! ─contestó─ guardería "Los Sueños De Los Sueños" ¡Dígame!  Nadie contestaba.
 
    Su compañera de trabajo llegaba tarde como de costumbre, con un café en cada mano como siempre y una sonrisa ensoñadora, de esas que te arreglan la mañana. Cuando llegaron los pequeños “añorados”, uno de ellos faltaba de nuevo, entonces miró el teléfono y salió corriendo sin pensarlo. La luz ya intensa de la mañana rebotaba con su bata. No se preocupó de mirar las miradas sin saber por qué, corría. Cuando dobló la esquina le pareció que el sol se había escapado, ¡debe ser que en algunos lugares le cede el puesto a la luna para que embellezca eso que nadie quiere ver! 

   Cuando llegó subió las escaleras de dos en dos, de tres en tres. En la puerta con la pintura desconchada a la altura de sus pies, apoyó su mano abierta respirando; esta se abrió dejando paso al parpadeo fluorescente de una habitación al fondo del pasillo. Allí estaba su pequeño “añorado” pintándolo todo, los pies, las piernas, su cabeza y su sonrisa, el teléfono y sus números; y  también le pintó pintó a él  la bata, la camisa, su cara, con suaves manotazos. Lo cogió en brazos sin querer saber nada más, acompasados sus corazones y fuertemente abrazados el pequeño dijo: mamá.

    Entonces la vio en el suelo, toda pintada de rojo dolor, con sus rojos labios entreabiertos; los mismos labios de encanto y apasionado fervor, que siempre desean más y él había rechazado la noche anterior.
 
 
 
 



 

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