09 diciembre, 2012

Siempre hay un tiempo para marchar

 
 
siempre hay un tiempo para marchar








Llevaba muchos días entrando en aquel gran edificio por aquella misma gran puerta abarrotada de gente, abarrotada de miedo, abarrotada de vacíos de esperas. Avanzaba hacia el ascensor oliendo el desinfectante y el alcohol mezclados con el calor, que no tienen los que ya han perdido el pudor. 
Un día más de un interminable final empapado de pesadillas y sollozos. Tiempo en el que no hay palabras para hablar. Las palabras son miradas a los ojos y son también abrazos mentales en una habitación de hospital.
Y tomó asiento con calma al ver el sueño placido de su madre. Y tomo algo para leer con su otra mano. Tantas caricias que ya no sirven, tanto pensamiento en color blanco, tanta cansancio acumulado, que en su turno de guardia se durmió por un segundo, y resultó infinito por que al volverla a mirar apreció la piel de sus cejas de un pálido más blanco y vió en la comisura entreabierta de sus labios como se escapaba por un hilo ya su vida. 
Quiso quedarse allí a su lado, esperando sin saber a qué. Había terminado. Había empezado. En aquella habitación de hospital como en muchas otras, recibió algo que nadie jamás será capaz de valorar.
 


Seguirán privatizando, llegarán a las unidades del dolor y después, simplemente nos clavarán un puñal, sucio y barato.
 



 

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