11 octubre, 2013

Con el "chunda, chunda" de la verbena

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Justo cuando los músicos de la orquesta tocaban emocionados una de Georgie Dann, sonó a lo lejos un disparo seguido por su eco gemelo que casi nadie oyó y justo en ese momento también, Nacho recibía de Paula su primer beso en la boca. Nacho ya no quería ser el guardaespaldas de su hermano pequeño y con las hormonas como escapándose por la punta de los pelos había acudido a la verbena pensando en la solitaria Paula de todas las verbenas, una niña huérfana del pueblo que recordaba sentada en una silla mirando la gente.

    Para quererse se habían escondido del bullicio de la verbena no demasiado lejos, tras unas piedras abandonadas a su suerte en medio de la explanada que separaba el pueblo del bosque.

    Ausente de cualquier estímulo que no agradase a su cuerpo no escuchó el disparo, ni escuchaba siquiera la música atronadora que hacía temblar hasta los cristales de las casas del pueblo. Paula, sin embargo, sí escuchó el disparo. Ella conocía los sonidos de la verbena mejor que nadie en el pueblo. Su vida era solitaria en aquel lugar y esperaba año tras año la llegada de la gente acudiendo al baile. Siempre sentada en una silla veía cómo el alcalde cogía de la cintura a su mujer, una señora brillante y oronda que a todos asustaba. Y observaba de lejos a la farmacéutica, una buena mujer con sonrisa eterna que siempre la ayudó cuando la abuela enfermó, imaginando que era una actriz rodeada de hombres con los que tenía largas conversaciones entre combinados en vasos de plástico. 

–Nacho ¿has oído el disparo?
– ¿Un disparo? habrá sido un petardo de la panda. Mi hermano y sus amigos... 
–Nacho ¡para, escucha, espera! Ha sido un disparo de escopeta.
–Mi padre tiene una escopeta pero sólo la usa cuando venimos de vacaciones.
–Pues alguien acaba de usar una en el bosque... y es de noche.
–Paulita ¡Todo el pueblo está en la verbena! –dijo el chaval, recordando que su padre se había quedado en la casa esa noche–. ¿Quién dispararía ahora y sin luz? –se preguntó, mientras se incorporaba mirando hacia el bosque y la cogía de la mano para llevarla de nuevo donde estaban todos.

    El pueblo se divertía entre risas y cantos mientras iba acabando la fiesta. El Sr. Alcalde y su Señora descansaban sentados sintiéndose grandes. La farmacéutica bailaba sola y guiñaba un ojo a la niña Paula abrazada a Nacho. Y llegando el momento apoteósico del final, cuando sonaba el "chunda, chunda" y todos se seguían unos a otros levantando piernas y brazos, apareció en el recinto un sudoroso y pálido niño que gritaba: « ¡le dispararon, le han disparado! »

    Era uno de los niños de la padilla del hermano pequeño de Nacho, la misma pandilla revoltosa que había hecho acopio de petardos para explotar durante la fiesta en el bosque y asustar a los animales en la noche. La misma pandilla curiosa, que al oír un quejido lloroso se había acercado al lugar y al ver un viejo galgo colgado por el cuello de un árbol también viejo, lo habían bajado para salvarlo de la muerte. 

    Uno de ellos, el más alto y hermano de Nacho, fue el encargado de portar al galgo de vuelta sobre sus hombros por entre las sombras del bosque en busca del veterinario. Su sombra perfilada entre la escasa luz llamó la atención de otra pandilla que no casualmente, también estaba por allí. Otra pandilla de amantes de petardos, mucho más sofisticados, a la que pertenecía el padre de Nacho.

    Poco acostumbrado a las sombras del bosque el padre de Nacho se asustó tanto imaginando un animal monstruoso con tal silueta que sin pensar en otra cosa que su miedo, disparó su escopeta de verano. Un disparo certero directo al pecho del monstruo; justo en el mismo momento en el que músicos de la orquesta tocaban emocionados una de Georgie Dann, el mismo en el que la garganta de su hijo empezó a sangrar.

 

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