26 enero, 2014

De hojas

 
 
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Los compañeros de la obra en la que trabajaba John pensaban que era un tipo raro porque hacía ruiditos extraños y agachaba la cabeza al hablar, aunque a todos les había caído bien desde el primer día que apareció en el trabajo y fue convertido en la mascota con la que se divertían. Con su aspecto aniñado y su eterna sonrisa, hicieran con él lo que hicieran, nunca se enfadaba.
 
    John era un estudiante de arquitectura. El eterno estudiante de arquitectura. Sus padres, que no entendían cómo no aprobaba si siempre estaba estudiando en su habitación, se habían puesto muy serios con él, el día que apareció por casa con una "cajita" del tamaño de una lavadora, llena de hojas secas, en lugar del aprobado de alguna que otra asignatura que se le atragantaba sobremanera. Así que John, después de cerrar con llave la puerta de su habitación, tuvo que ponerse a trabajar para ayudarse a sí mismo. Encontró con facilidad un trabajo de aprendiz en la construcción. Acudía cada mañana a la obra sonriente y silencioso con las manos en los bolsillos y un chaleco lleno de compartimentos que nunca, nunca, se quitaba. Pero no solía hablar. No es que tuviese algún tipo de problema sensorial o social, sino que más bien era por decisión propia, como si únicamente se hablase a sí mismo.

–Johnyto, ¡mira qué pedazo de monumento viene por ahí!
–Jajaja, no levantará la cabeza ni para mirarla, para mí que es maricón.
–Johny, ¡dile algo a la chica, "tiarrón"! –le decían.
 
    Pero John, los miraba sonriendo y volvía a agachar su cabeza hablando en voz baja como contándose un secreto.

    Un día se puso a llover tanto que el suelo se inundó y tras una semana de descanso laboral obligatorio, el agua aún seguía anegando el terreno. El capataz mandó traer un martillo neumático, de gran tamaño, para agujerear el terreno en busca de cañerías rotas o problemillas habituales. Ese día John el silencioso habló: –Sr. esto no se arregla haciendo agujeros hacia abajo, debe saber que hay un riachuelo, rebelde y juguetón, que pasa justamente por aquí debajo–. Todos se quedaron boquiabiertos excepto el capataz que sí había oído hablar de la historia de un río misterioso que recorría los subterráneos de la ciudad. 
 
–Entonces, ¿qué propones, estudiante? Aunque la leyenda sea cierta y tengamos por debajo un río "juguetón" debemos hacer una carretera y si por el contrario es un antiguo cuento falso, aquí hay una fuga de agua que nos impide progresar, ¿qué hacemos?  –añadió con ironía. 
–Sr. la única solución es un puente... Un puente que permita al agua ser libre, –dijo John muy solemne. 

    Las carcajadas fueron enormes y John se sintió tan frustrado que casi agradeció tener que ser él quien, como castigo a su osadía, usase el martillo neumático. Todo su cuerpo temblaba como un edificio en pleno terremoto, y los bolsillos del chaleco que nunca, nunca, se quitaba, empezaron a abrirse y cerrarse, parecía que tuviese pelotas que se movían solas en su interior hasta que de pronto soltó el taladro y echó a correr más rápido que el propio viento, gritando: –¡no te vayas, te lo prometo!

    Nadie en la obra volvió a ver a John y solo el capataz lo recordó un día que vio su fotografía en la prensa. Decía que un tal John, artista ecológico, exponía en una galería de arte sus diseños de edificios construidos únicamente con hojas secas. La exposición se titulaba: “Una casita para mi duende constipado".






 

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