26 abril, 2014

El libro rojo

 


Cuando abrió los ojos, vio pequeñas luces que parpadeaban. Cuando abrió la boca, notó la piel reseca y contraída, tenía los labios hinchados y al tocarse sintió dolor. Cuando bajó el brazo sobre su estómago notó cuánto le dolían las costillas al respirar. Y cuando giró la cabeza se dio cuenta de que yacía sobre la tierra húmeda, de que a su lado, casi cubriendo su cuerpo, había un matorral que olía bien y que por encima de ella, un árbol se mecía con el aire y hacía que las luces de las farolas parpadearan.

   Poco a poco se fue despertando como de un sueño profundo, aunque seguía entumecida y desorientada. No recordaba cómo había llegado allí ni por qué estaba magullada. Solo recordaba la misma frase una y otra vez: "Si eres un cazador de tesoros, ¡pásate por aquí!". 

   Echó a andar convencida de que eso le ayudaría a recomponerse poco a poco. Aquel parque donde estaba le resultaba familiar. Había encontrado sin dificultad una fuente donde lavarse y beber; sabía que la salida no estaba caminando hacia donde producían ruido los coches, sino al contrario, justo por donde había despertado. Allí al lado en la verja de salida encontró su mochila y empezó a sentirme mejor abrazándola como a un juguete, pero seguía sin recordar... Solamente una frase : "Si eres un cazador de tesoros, ¡pásate por aquí!". 

   Fue caminando por las calles de la ciudad, cuando al ver la pared de un edificio abandonado llena de carteles y pancartas pegados unos sobre otros, se dio cuenta de por qué recordaba esa frase; así rezaba el cartel publicitario de la pequeña biblioteca del barrio en el que vivía cuando encontró El libro Rojo. 

   Recordó aquel día en el que madrugó para ser la primera en entrar en la biblioteca, ansiosa por descubrir los nuevos títulos que se añadirían al archivo gracias a la donación de un político. Recordó ver sobre una mesa torres imprecisas de libros y, con las manos en los bolsillos, inclinando la cabeza, leer el canto de los libros. Recordó Las uvas de la ira y sintió emoción; sintió la rebelión con Residencia en la tierra; sintió la madurez con El principito. Y sintió mucha curiosidad por uno de los libros que no llevaba nada escrito, un libro grande con las hojas tamaño cuartilla y con las tapas desgastadas de tela roja. Recordó que tras mirar a derecha e izquierda y comprobar que no había nadie cerca, había cogido el libro sin saber qué le arrastraba a hacerlo y se lo había metido dentro de la mochila, marchándose con él.

   Sus labios volvían a sangrar. Los ruidos de la calle rebotaban en sus oídos y el sonido de unos pasos apresurados le hizo girar la cabeza con inquietud; era una mujer que, con manos temblorosas, intentaba  meter las llaves en la cerradura del portal, dejándolas caer al suelo. 

   El sonido de las llaves, el libro rojo, un parque en la noche... Y un vagabundo de su barrio. Todo en su consciencia empezó a encajar. Y como si las puertas de un laberinto se abriesen echó a caminar hacia una vieja licorería nocturna diciéndose en voz alta: –¡Ni siquiera lo he leído! Porque al salir de la biblioteca con su tesoro rojo robado había chocado con dos armarios con cabeza de hombre y aspecto de macarras; los mismos que unos cinco minutos después la estuvieron persiguiendo por las calles de la ciudad. Los mismos a los que había dado esquinazo saliendo por una de las puertas laterales de unos grandes y famosos almacenes donde había comprado una botella de whisky barato como pago para que su gran amigo, el vagabundo del barrio, le guardase la llave de la taquilla del supermercado donde había escondido el libro rojo. 

   Empezaba a amanecer cuando encontró al vagabundo durmiendo sentado y apoyado en la puerta iluminada de un banco, con la botella vacía entre sus piernas.

–¡Viejo, despierta! ¡Devuélveme la llave!
–Hoy no quiero– contestó el hombre balbuceando entre babas de alcohol y lágrimas secas.
–¡Hoy no vengo a leerte, viejo! quiero la llave, te traje whisky, ¡dámela!

Levantó la mano como un resorte automático hacia la botella y la cogió diciendo no con la cabeza, y hurgando entre sus piernas por dentro del sucio pantalón, sacó la llave.

–¿Me traerás comida hoy?
–Te traeré un caldo en cuanto pueda, ¡lo prometo!


   Aquellas veinticuatro largas horas que había vivido le parecían incomprensibles sentada en el banco del parque donde de nuevo estaba, cuando un hombre de aspecto intelectual se sentó a su lado. Después de robar un libro, de escapar por la ciudad, de esconderlo en una taquilla, de encontrar la taquilla vacía y volver con su frustración al jardín, encendió un cigarrillo esperando que su acompañante de asiento se marchara y la dejase sola, pero éste abrió de par en par el periódico que llevaba sin ninguna intención de marcharse de allí. Pudo leer entonces un titular de la prensa: "Medios especializados siguen buscando el CÓDICE DE LAS LETRAS PERDIDAS". Ella se levantó y marchó de allí sin atreverse siquiera a pensar si acaso aquel titular podría tener algo que ver con todo lo que había vivido. Más adelante, justo por donde había despertado dolorida, unos perros jugaban entre los matorrales y ladraban sin parar. Su corazón empezó a latir con fuerza al distinguir entre el color verde una mancha roja. Echó a correr. ¡Era el libro! ¡Sí, era el libro!... Cayó a la tierra de rodillas, jadeando, sin pensar, lo cogió entre sus manos y al abrirlo abrió la boca de par en par, y los ojos, y los pulmones también... Porque no había nada escrito, sus hojas estaban en blanco.
 
 
 
 
 
 

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