13 julio, 2014

No simples vocales, imaginación


 
 

 


Habían pasado varias semanas desde que el equipo médico confirmara de forma definitiva el diagnóstico: una enfermedad degenerativa acabaría, no lenta, sino rápidamente, con sus capacidades mentales. Tras unos segundos de preocupación, se quedó mirando la ventana del consultorio, como si ésta fuese una obra de arte en un museo. Le pareció el bello símbolo de una ventana por la que salía la incertidumbre y al mismo tiempo, dejaba entrar una  luz llamada realidad.

   Nunca había sentido interés por la febril actividad que amontonaba ancianos a la hora del té, en las salas de la residencia donde vivía, pero tras esas semanas de conocer lo que pasaría con su mente, y sin saber muy bien por qué, llamó su atención un joven, con el pelo como el del león más libre del mundo, que embelesaba con sus palabras a cinco viejos, aparentemente atontados con él. Se acercó allí con sigilo, como de puntillas, colocándose lejos pero lo suficientemente cerca como para oír lo que decía. 

   El chico hablaba de los cuentos infantiles, los de toda la vida. Explicaba con vehemencia estructuras, frases, símbolos. Tan pronto parecía estar anulando la bondad de Geppetto, el carpintero, con un letrado psicoanálisis de sintagmas, como convertía al lobo del bosque en un luchador superviviente de feroces hambrunas en épocas de hielos y glaciares.

   Con tanta palabrería le pareció que los sintagmas eran como los agujeros de los destrozados pantalones que llevaba el  joven y que el lobo se había perdido en las montañas de la imagen de su Greenpeace-camiseta, con ese escote roto por alguien, que al parecer, había intentado robársela sin quitársela primero. Y su  curiosidad seguía aumentando mientras la peña centenaria miraba al profesor ensimismada. Por lo visto, el jovencito pretendía que escribieran un cuento entre todos. Cada uno de los cinco viejos debía imaginar, pintar o escribir una frase que tuviese algo que ver con una vocal. Luego él las enlazaría y el resultado sería leído en una fiesta ¡con confetis y todo!

Así que, tras esas semanas en las que había pasado de la incertidumbre a la preocupación, y de ésta a una suerte de "mantra ventanal", de pronto sintió rebeldía y se acercó al grupo consciente de que rompería el equilibrio "vocal" del texto resultante. 

–¡Quiero participar! –exclamó, mientras el muchacho repartía cartulinas con grandes vocales de colores a cada uno. La anciana más ausente, con la letra e en la mano decía: ¡aaa, aaaa! El que tenía la letra a, con su gordita cara de enamorado, la miraba con ganas de cambiársela. La letra i le había tocado a una delgaducha de manos temblorosas y cara de bibliotecaria. Y las otras dos vocales las tenían las famosas hermanas Olga y Úrsula, siempre pintarrajeadas y chillonas.

–¡Quiero participar! –repitió con voz fuerte.
–¡Pero tú no te apuntaste!  El taller está pensado para cinco alumnos.
–Pues me apunto ahora.
–¡Está bien! No creo que pase nada por añadirte al grupo. Pero no tengo más cartulinas, así que, elige una vocal y a ver qué haces con ella. 
–Elijo... la ele.
–¡La letra ele no es una vocal! –respondió con impaciencia.
–¡Jovencito iconoclasta, no me humille! Los que somos viejos no somos ignorantes, tampoco somos niños, aunque eso es algo que no sé qué pueda tener de malo. ¿Acaso piensa que a estas cinco personas les ha preocupado que se cargase la reputación del Lobo feroz? ¿O tiene su cuento ya escrito y cree engañarnos a todos? ¡Piénselo bien! Quiero la ele para que pueda escribir ese cuento. Me gusta la ele, es la letra más musical, la del roce de la lengua con el paladar. La de los latidos de la luna/por lamer la lona/ lenta y oscura de la noche.

   El chico, asombrado, empezó a tener unas ganas enormes de salir del centro. Ni en sus peores pesadillas habría imaginado la revolución que se le vino encima. Pasó de tener ausentes y plácidos observadores, a tener a las hermanas Olga y Úrsula, chillando porque ellas preferían la letras eme y ene, aunque no acertaban a explicar por qué. La bibliotecaria temblorosa parecía estar poniéndose, algo más que nerviosa. El regordete dueño de la letra a, había puesto su brazo, cariñosamente, sobre los hombros de la más ausente, que se abrazaba a su letra e como si ésta fuese un muñeco de peluche, al tiempo que seguía con su ¡aaa, aaaa! pero con mucho más énfasis.

   A la mañana siguiente, la dirección de la residencia tomó la decisión, por unanimidad, de suprimir el taller literario y cambiarlo por otro de pintura abstracta, que sería impartido por una veterana en esto de entretener a los ancianos demenciados. Y es que, al parecer un voluntario de cruz roja y uno de los residentes, Margarita Robles, recién diagnosticada enferma de Alzheimer, se habían fugado en plena terapia y al tiempo, cinco vocales desorientadas por el salón, entorpecían la regularidad del resto de talleres, revolucionando a todos los demás.




 

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