28 febrero, 2015

Sectas




 
Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear. Para mí aquél era uno de estos últimos. Cerré los ojos, como ya dije, y oí carraspear a Lima. Oí el silencio (si eso es posible, aunque lo dudo) algo incómodo que se fue haciendo a su alrededor. Y finalmente oí su voz que leía el mejor poema que yo jamás había escuchado.
 
"Detectives salvajes"
 
Roberto Bolaño





    No siempre nos levantamos con ganas de pensar. La mayoría de las veces somos humanos actuando como autómatas, comprometidos, obligados, esperando que el día nos sea benévolo y, si es posible, hasta que lo disfrutemos de alguna manera. Son esos días en los que nos recreamos frente al espejo para agradarnos y agradar, pero en los que, casi por un extraño instinto, nos tiramos de cabeza al pozo de la información para que nadie nos moleste; para no tener que hablar. (O quién sabe, quizás para tener de qué.)
    Hay noticias que aparecen de vez en cuando y de las que muy poco se suele hablar. Son esas pequeñas, escondidas entre los grandes titulares (tan aburridos) y entre las grandes fotografías (tan repetidas). Son esas que nos resultan lejanas, ajenas e imposibles en nuestro mundillo personal. Solemos exclamar: –¡cómo! Y luego, durante unos segundos, levantamos la mirada hacia lo que nos rodea como si necesitásemos respirar. –Esto no nos pasaría a nosotros, –nos decimos rápidamente–. Nuestra educación fue otra. Pero lo cierto es, que sea como sea que hayamos sido educados a lo largo de nuestras vidas, en nuestras familias, colegios o grupos, hay temas que escapan a nuestro control. Y aunque, ante titulares como este:
"Investigan el intento de suicidio de una joven sometida a trece exorcismos", pensemos que no nos afecta, como miembros que somos de una sociedad, sí lo hace.
    La mayoría de los humanos necesitamos mitos de los que hablar, dioses en los que creer, guías a quienes seguir; necesitamos referencias, señales, carreteras... En fin, necesitamos facilidad. Porque todo lo que se escapa de nuestro entendimiento nos parece como un bucle dentro de un pozo oscuro, y llenos de miedo llamamos razón a la sinrazón y la dejamos meterse en nuestras vidas como el humo de un cigarrillo.
    La historia de la humanidad está llena de sinrazones. Y también que está llena de grandes personas que, luchando contra ellas, dejaron sus vidas marchar en paz. Pero cuando esta sinrazón se apodera de un círculo familiar, nadie sabe nada; nadie quiere entrometerse, nadie cree que la locura le pueda atrapar.

    No existen políticas preventivas en estos temas. Y algunos nos preguntamos el por qué. No hay razonamiento en las creencias. Ese es el factor clave. Los que creen, nos miran a los no creyentes con pena, con compasión, y además, forman parte de las esferas del poder. Entonces, ¿qué puede hacer una oprimida adolescente, lesionada, degradada, coaccionada, violentada, inducida, separada de una buena educación y de una sociedad mejor, ante el vacío en el que se encuentra?
    Si habéis leído la noticia, sabréis qué quiero expresar.

    Es lo más lógico, se tiró por la ventana. Y ése ángel-niña, ni siquiera murió. Se partió la espalda, justo ahí, donde había recibido los latigazos. Y yo me pregunto cómo será el futuro que se refleja en sus ojos. Me pregunto, si en un mundo donde se crea nanotecnología, seríamos capaces de crear una especie de partícula llamada esperanza, para ella, para ellas. Para todas la víctimas de una sinrazón tan antigua como la humanidad.







 

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