15 junio, 2015

La puerta de la terraza del almacén

 
 
Si sabes de quién es, me lo cuentas.


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No soy capaz de recordar cuándo, ni cómo, el cuarto de los juguetes se convirtió en un almacén. Recuerdo querer ser recogepelotas mientras mis hermanos jugaban al ping-pong, y dinosaurios de goma, rinocerontes, indios, cajas, papeles. Recuerdo querer encestar el balón en una improvisada canasta cuadrada que formábamos al colocar la contraventana interior de la puerta, que daba a una terraza, doblándola en ángulo recto contra la pared. Fue una puerta estupenda, quiero decirlo, gran compañera de juegos en un recóndito lugar. Pero cuando la vejez se adueña de los edificios las historias se hacen ciertas, y un día, nadie sabe cómo, la puerta de la terraza dejó de cerrar bien. Desapareció el manillar dejando un agujero redondo al vacío. Las bisagras se habían aflojado y caído. La humedad es un fantasma para la madera olvidada. ¿Cómo cerrarla entonces? Allí abajo quedaron visibles las pruebas del cruel delito de desesperación; eran las huellas de las patadas que dábamos intentando que quedase encajada en su lugar;  aunque, a unos segundos de volverle la espalda, un sonido seco la volviera a abrir, dejando pasar la niebla, la escarcha, y la propia muerte a aquel almacén.
 
 
 

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